Los seres humanos, como el resto
de los organismos de la tierra, nos beneficiamos directamente de la radiación
sin darnos cuenta de ello. Es fácil olvidar cuando tomamos el sol, que todo
comienza con reacciones nucleares que ocurren en el interior de éste.
En
efecto, la luz solar se origina a partir de reacciones nucleares. También
podemos encontrar radioactividad en las montañas y en el mar, y durante los
periodos de actividad volcánica se libera a la atmósfera gran cantidad de
radiactividad. Sin embargo, nunca se han observado consecuencias serias de esta
radiactividad en los humanos.
El calor
interno de la Tierra tiene su origen en la radiación emitida por unos elementos
radiactivos. Pero esta contribución es, a nivel del suelo, de tan solo 0,05 W/m2,
valor que es sólo una pequeña fracción del promedio del flujo de luz solar de
240 W/m2 que alcanza la superficie terrestre. Sin embargo, este
calor interno mantiene parte del núcleo terrestre en estado líquido,
permitiendo el movimiento de los continentes (placas tectónicas), lo cual tiene
una importante influencia en la evolución de la vida.
La tecnología nuclear es una de las formas más innovadoras
que se utilizan para mejorar las prácticas agrícolas. Las aplicaciones
nucleares en la agricultura dependen del uso de isótopos y técnicas de
radiación para combatir plagas y enfermedades, aumentar la producción de
cultivos, proteger la tierra y los recursos hídricos, garantizar la inocuidad y
autenticidad de los alimentos y aumentar la producción ganadera.
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